Anduviste mis versos,
atravesada piel y penetrada angustia
mis estrofas,
y cansaste mi cuesta de cansancio,
y en mi cima de hojas
rebrotaste,
verde frescura,
de mi verde promesa de engañarte.
Tú por mis versos,
sinuosas márgenes y concentradas voces
como carne,
te arrojaste a mi cauce
y ahora corres conmigo, entremezcladas aguas
y orillas que se abrazan desde lejos,
derramada esperanza
del unísono vuelco al gran océano.
Sal recóndita, y sepultada espuma
de las cosas guardadas
que se sienten
que se intuyen
y no se dicen nunca,
hasta que un día, se gritan
incontenidamente,
más allá de los ojos y las luces.
Has mareado mi vértigo,
te has dejado caer puro desánimo,
cultivado remordimiento
a los pies mismos de mi cordura
ensayada y aceptada y perfecta;
claro impulso de ser el niño obediente,
y de pronto,
te has unido conmigo,
y has corrido,
y has trepado,
y has deshecho tus hastiadas ropas
en las ramas doradas de mis árboles.
Y has reído tu redondo sonido a espacio virgen,
y has callado de golpe,
como ante la inesperada noticia
de la cosa lúgubre, que sucede siempre
cuando más te ríes...
Y quedaste melancólico recostado
en mis paredes grises,
entornados ojos,
con la piedra llamando a tus espaldas,
y la miedosa dicha
de saberte vivo, en certeza de piel
y de cansancio.
Pasos tuyos mi música,
y el eco de tus pasos y tu huella,
mi ritmo de silencio.
Has mordido la madurez madura de mi fruta,
te has llenado la boca y el pecho,
río en tus flancos corriendo el zumo fresco,
y has bebido el fermento
del recordado zumo,
y has quedado,
burbuja azul de tiempo,
ebrio de espumas,
ebrio,
de andar con tu poesía
por mis versos.
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